
El desafío de convertir cada hogar en un aula
Belén Salvatierra
Natalia Ramirez- docente domicilaria.
Sandra Zadro- docente domiciliaria.
"A veces no es fácil. Nosotras de cada domicilio hacemos un aula, cantamos canciones, tocamos la guitarra, conversamos con el alumno. Yo, hasta llegué a hacer malabarismo".
Natalia Ramirez detalla las tareas que día a día lleva adelante en su ejercicio como docente, junto a su compañera Sandra Zadro con quien comparte la misión de dar clases a estudiantes que, por alguna enfermedad, no pueden ir al colegio.
Son maestras del Servicio Educativo Domiciliario de la zona, el cual incluye los tres niveles educativos: inicial, primario y secundario; y tiene como fin "garantizar el derecho a la educación a los alumnos que, por razones de salud, se ven imposibilitados de asistir con regularidad a la escuela", define el texto de la ley de Educación Provincial.
El plantel docente de esta modalidad se completa con Sandra Farías, la primera educadora local que se inició en esta noble labor.
La historia de estas maestras merece ser contada. En colectivo, en bicileta, o a pie, llegan a la casa de niños y adolescentes que no pueden ir a clases, y convierten algún rincón del hogar en un aula. Cada una atiende alrededor de cinco alumnos y en algunos casos dictan la clase juntas.
"Trabajamos desde la parte pedagógica, con cuentos, actividades lúdicas, recreativas; siempre tratando de entender esa situación que el niño está atravesando". "Nosotras lo vemos como alumno e intentamos transformar su dolor en una fuerza positiva", expresa Natalia, que hace dos años trabaja bajo ese método de enseñanza y apela a distintas estrategias para motivar a los alumnos a continuar el proceso de aprendizaje.
Cada caso, cuenta, es único y deja marcas imborrables. "Recuerdo una niña que me esperaba en la puerta de su casa y le decía a la mamá que escuchaba el ruido de mi bicicleta".
Sandra Zadro, se incorporó este año al equipo de maestras domiciliarias de la zona y confiesa que asistir a chicos en situación de enfermedad y darles la posibilidad de seguir aprendiendo, a pesar de sus dolencias, "no tiene precio".
Ambas coinciden en haber elegido el mejor camino para ejercer la profesión. Su vocación como docentes las empuja a seguir cargando la mochila en la espalda, tocando puertas y transformando cada domicilio en una escuela.


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